El lunes pasado, venía cruzando la calle (en la cebra), y ya estaba a punto de terminar de cruzar cuando un carro venía rápido…

Y si hubiese estado despistado, me atropella.

Él me vio. Pero decidió acelerar, en vez de darme paso.

Y estaba tan indignado, que le toqué el carro (suavemente) para que me viera por el retrovisor… y le hice un gesto como este.

Inmediatamente, el señor abrió la ventana y empezó a gritarme insultos, y diciendo que me iba a partir la cara.

Y quisiera decirte que mi profesor de Yoga interior se comportó a la altura.

Pero te estaría mintiendo.

Porque lo que sucedió es que le dije “Qué vas a hacer? Quieres venir a pegarme?  Porque yo estoy listo”

Yo sé. Vergonzoso.

Pero eso no es todo. Después de unos segundos decidí irme, pero el pensamiento de venganza me siguió un par de días.

Y cada vez que me sentaba a meditar, allí estaba el carro del señor. Y allí estaba yo, rayándole el carro con mi llave. Mi ego estaba realmente disfrutando de cada segundo de pensamiento de venganza.

Y aunque no llevaría estos pensamientos a la acción, me consternaba el placer que derivaba de imaginar todos los escenarios en los que “me desquitaba”…

La solución

Debo reconocer que me tomó un poco más tiempo que lo usual dejarlo ir. Pero esta vez algo peculiar sucedió…

Mientras meditaba con pensamientos vengativos, empecé a imaginar lo que sucedería si este señor, que había mostrado un carácter bastante agresivo, se encuentra con su carro dañado por un tercero.

Seguramente descargaría toda esa ira en otra persona.

Y yo estaría envuelto en ese Karma, del que no quisiera tomar parte en lo absoluto.

La sed de venganza no suele tomar en cuenta las consecuencias que le siguen a la retribución. Esas consecuencias suelen afectar a mucha gente que quizás no habíamos considerado. 

Para mi, esto fue suficiente para dejarlo ir por completo.

Y tú… qué haces para calmar tus ganas de que a la gente “le toque su merecido?”