Hace poco vi un video de BKS Iyengar1, uno de los profesores de Yoga más venerados en Occidente, explicando por qué practicamos posturas invertidas como la parada de cabeza.
En el video, Iyengar nos dice que las inversiones se inventaron al inicio de la civilización, y que hacen que la sangre se purifique. Habla con certeza del hipotálamo como «el centro emocional» y como el responsable de sentir presión y dolor.
Habla de tres sistemas nerviosos separados, el periférico, el autónomo y el central, como si fueran tres entidades independientes. Y llega a decir que, en el parado de cabeza, la gravedad «anula» el sistema solar (simpático) y activa el lunar (parasimpático), como si eso fuera un mecanismo fisiológico establecido. Y dice que los jóvenes sufren de drogadicción porque estimulan la piel primero…
Ninguna de esas afirmaciones es correcta.
No tenemos idea de cuándo las inversiones empezaron a ser parte de la práctica yógica, pero la primera evidencia histórica aparece en el siglo XIII, muy lejos de «al inicio de la civilización». Aunque el retorno venoso de las piernas se hace más fácil en las inversiones, esa «purificación» sucede con cada latido del corazón.
El hipotálamo regula temperatura, hambre, sed y ritmo circadiano, no la sensación de presión o dolor, esa función le corresponde al tálamo y a la corteza somatosensorial. El sistema nervioso no tiene tres divisiones paralelas, tiene dos, central y periférico, y el autónomo es una subdivisión del periférico, no un tercer sistema.
La idea de que la inversión «anula» el sistema simpático no corresponde a ningún mecanismo fisiológico documentado, lo que sí existe es un reflejo barorreceptor localizado en el seno carotídeo, que no funciona como él lo describe.
Y no se detiene ahí.
En el mismo video, Iyengar conecta esto con los Yoga Sutras de Patanjali, diciendo que el cerebro tiene «cuatro partes» que corresponden a chitta, manas, buddhi y ahamkara, y que Patanjali explica esta división usando los términos vitarka, vichara, ananda y asmita.
Pero esos cuatro términos no describen partes del cerebro ni categorías de la mente en ese sentido. Chitta, manas, buddhi y ahamkara son parte del Samkhya, una filosofía que clasifica a estas 4 partes distintas de la mente (campo mental, mente sensorial, intelecto y sentido de yo).
Vitarka, vichara, ananda y asmita sí están en los Yoga Sutras, vienen del sutra 1.17, y ahí describen cuatro etapas progresivas de absorción meditativa, samprajnata samadhi. Nada que ver.
Es decir, tomó vocabulario de una sección del texto, las etapas de la meditación, y lo aplicó a un marco completamente distinto, la anatomía del cerebro. Eso no es una interpretación libre del texto. Es una lectura equivocada del texto.
Aquí está lo que me parece más revelador de todo esto: esta última parte no es ciencia moderna que Iyengar no pudo haber conocido en su época. Es su propia tradición. Los Yoga Sutras (un libro que él tradujo). El texto que él mismo pasó su vida enseñando, citando y venerando.
Y aun así, lo cita mal.
Por qué esto importa
No cuento esto para desacreditar a Iyengar. Su contribución a cómo entendemos y practicamos yoga en Occidente es enorme, y sería absurdo negarlo. Tampoco cuento esto para sumarme a una moda de «cancelar» gurús, ya hay suficiente de eso dando vueltas.
Lo cuento porque creo que hay un problema más profundo detrás de este video específico, y es la forma en que el mundo del yoga trata a sus figuras más veneradas.
Convertimos a estas personas en autoridades infalibles. Cuando alguien tiene 20, 30, 50 años de experiencia, cuando comanda una sala llena de estudiantes con solo levantar la voz, asumimos que todo lo que dice tiene el mismo peso, sin importar si está hablando de alineamiento postural, algo en lo que probablemente sí es una autoridad, o de neuroanatomía y de su propio texto sagrado, donde claramente no lo es.
Ese salto, de «esta persona es excepcional en un área» a «esta persona es infalible en todas las áreas», es exactamente el tipo de pensamiento que necesitamos empezar a cuestionar como profesores de yoga.
No es que Iyengar haya sido descuidado o deshonesto. Probablemente creía genuinamente en cada palabra que decía, y probablemente la mayoría de sus estudiantes también le creyeron, sin cuestionarlo, precisamente porque la reverencia que le tenían no dejaba espacio para la duda. Ese es el patrón que me interesa señalar. No es que los gurús sean humanos falibles, eso ya lo sabemos todos en teoría. Es que seguimos comportándonos como si no lo fueran.
Lo que esto significa para nosotros como profesores
Creo que estamos en un momento de evolución dentro del yoga, uno en el que ya no basta con repetir lo que aprendimos de nuestros maestros porque ellos lo dijeron.
El respeto por la tradición y el pensamiento crítico no son opuestos, pueden y deben convivir. Podemos honrar la contribución de alguien como Iyengar a la práctica postural, y al mismo tiempo señalar con claridad cuando se equivoca al hablar de fisiología o al citar su propio texto fundacional.
Esto significa leer con más cuidado antes de repetir una explicación solo porque viene de alguien venerado.
Significa verificar las afirmaciones científicas que hacemos en clase, incluso cuando llevan generaciones repitiéndose. Significa distinguir entre lo que un texto tradicional dice literalmente y lo que alguien, por respetado que sea, interpretó que decía.
Los estudiantes de yoga de hoy tienen acceso a la misma información que nosotros. Si seguimos enseñando explicaciones incorrectas solo porque «así lo enseñaba mi maestro», no estamos honrando la tradición, la estamos debilitando.
Y con el tiempo, esa falta de rigor es la que le da munición a quienes ya de por sí ven al yoga como algo poco serio.
La pregunta no es si Iyengar, o cualquier otro gurú venerado, se equivocó alguna vez. Por supuesto que sí, todos lo hacemos. La pregunta es si nosotros, como la siguiente generación de profesores, tenemos el criterio para reconocerlo cuando pase, y la honestidad para decirlo en voz alta.
¿Tú qué opinas?
