Quiero creer
Una de las personas más cercanas en mi vida me aconsejó leer el libro de Joe Dispenza, para ayudarme a sanar más rápidamente una lesión. Lo leí con más que curiosidad: quería creer.
No solo porque quería sanarme. Sino porque quería ayudar a otros a sanar, y creo mucho en el poder de la mente. Lo que aprendí en el camino de intentar sanar usando las meditaciones para que «el placebo sea yo» me movió mucho.
Lo que voy a compartir contigo toma entre 8 a 15 mins de lectura… pero es importante. Aquí vamos.
La recuperación de mi rodilla fue más rápida que la de una persona sin mucha preparación física, y más lenta de lo que he visto en atletas. O sea… normal.
Honestamente, esperaba algo más milagroso, como cortar la cantidad de dolor en la mitad del tiempo esperado, o aumentar la función de mi cuerpo de un modo dramático, tal y como Dispenza nos dice en su libro es no solo posible, sino normal si haces este tipo de meditaciones.
Y lo curioso: mi primer instinto no fue decir «esto no funciona». En cambio, fue «algo en mí no está bien.» Y eso… es el meollo del asunto en este artículo.
Llevo más de 20 años como terapeuta de yoga, y he visto con mis propios ojos lo que una práctica bien guiada puede hacer en una persona: cómo cambia su relación con el dolor, con el miedo, con su propio cuerpo.
Creo profundamente en el poder de la mente. Creo que la expectativa, el significado y la atención modifican nuestra biología. Y creo que es posible, aunque sea raro, que una persona se cure de algo que la medicina considera incurable.
Sigo creyéndolo, aun sabiendo que la ciencia me dice que ocurre muy pocas veces.
Hace unos días leí un artículo de la doctora Lissa Rankin, médica y autora de Mind Over Medicine, en el que examina las historias de curación de Joe Dispenza y Louise Hay.
Rankin no es una escéptica de escritorio: pasó diez años recorriendo el mundo en busca de curaciones espirituales. Y cuenta algo curioso: asistió como invitada a un taller avanzado de Dispenza, compartió comidas con personas que daban testimonios de curación, y cuando pedía historias clínicas o permiso para hablar con sus médicos, nadie le entregaba documentación que confirmara un diagnóstico correcto y una remisión verificada.
Decenas de personas, muchas con sinceridad conmovedora, contaban sus propias sanaciones milagrosas gracias a las meditaciones de Dispenza. Y otras tantas defendían al maestro con una intensidad ferviente, pero con cero evidencia para ello más que sus creencias.
Sé que este artículo me va a traer críticas. Lo escribo igual, porque creo que el tema es demasiado importante para dejarlo en manos de los extremos: los que dicen que la mente lo puede todo y los que dicen que la mente no puede nada.
La verdad, como casi siempre, está en un lugar más matizado. Si te gusta el blanco y negro esto va a ser confrontante. Por favor, no mates al mensajero 🤷.
Lo que sí creo (y lo que la ciencia respalda)
Empecemos por lo que es real, porque es mucho.
El efecto placebo no es «imaginación». Tiene mecanismos biológicos medibles, entre ellos la liberación de opioides endógenos, las sustancias analgésicas que produce tu propio cuerpo.
El estrés crónico también deja huella física: en un estudio clásico publicado en The Lancet en 1995, las heridas de mujeres que cuidaban a familiares con demencia tardaron unos 9 días más en cicatrizar (alrededor de un 24% más) que las de mujeres sin esa carga.
La muestra era pequeña, pero el hallazgo se ha repetido: una revisión de 2009 encontró que 17 de 22 estudios asociaban el estrés con una peor cicatrización.
En el terreno que más conozco, el dolor, la evidencia es especialmente interesante. En un ensayo clínico de 2022 publicado en JAMA Psychiatry, enseñar a personas con dolor lumbar crónico a entender su dolor como un producto del cerebro, y no como una señal de daño en los tejidos, logró que un 66% quedara sin dolor o casi sin dolor, frente a un 20% con placebo y un 10% con el tratamiento habitual. Y la mayoría mantuvo esa mejoría un año después.
Y al reducir el estrés y mejorar el bienestar, puede crear condiciones más favorables para que el cuerpo se recupere. Pero eso no significa que pueda curar una enfermedad.
Es decir: sí, la mente modula el cuerpo. No tengo ninguna duda. La pregunta no es si la mente influye, sino en qué influye, cuánto, y en quién.
Sentirte mejor no es lo mismo que curarte
Este es, para mí, el corazón de todo el asunto.
En 2011, investigadores de Harvard publicaron en el New England Journal of Medicine un estudio con pacientes asmáticos. Cada persona recibió, en distintas visitas, un inhalador real de albuterol, un inhalador placebo, acupuntura simulada, o nada. Los resultados son de los más reveladores que conozco.
El albuterol mejoró la función pulmonar alrededor de un 20%, mientras que las otras tres condiciones, incluida la de no hacer nada, la mejoraron cerca de un 7%.
Sin embargo, cuando se les preguntó a los pacientes cómo se sentían, la mejoría reportada fue prácticamente igual con el medicamento real (50%), con el inhalador falso (45%) y con la acupuntura simulada (46%), y mucho mayor que sin intervención (21%).
Léelo otra vez. Los pacientes con placebo se sentían tan bien como los que recibieron el medicamento. Pero sus pulmones no estaban mejor. Si alguno de ellos hubiera tenido una crisis grave y hubiera confiado en esa sensación, el resultado podría haber sido fatal.
Este patrón aparece una y otra vez. La revisión Cochrane más completa sobre el placebo, que analizó cientos de ensayos clínicos, concluyó que en general el placebo no produce efectos clínicos importantes, aunque en ciertos contextos sí influye en lo que el paciente reporta, especialmente el dolor y las náuseas, y aun así es difícil separar ese efecto de los sesgos en el reporte.
Aquí hay una distinción que casi nunca se explica. Una cosa es la respuesta placebo: cuántas personas mejoran en el grupo que recibe la pastilla de azúcar. Otra es el efecto placebo: cuánto de esa mejoría se debe realmente a haber recibido el placebo.
La primera puede ser grande: en ensayos clínicos con pacientes con enfermedad de Crohn (una enfermedad inflamatoria intestinal crónica), cerca de un 18% de quienes reciben placebo reportan remisión, pero cuando se confirma con endoscopía, solo alrededor de un 8% está realmente en remisión.
En esa diferencia se mezclan varias cosas que no tienen nada que ver con el placebo: la enfermedad sube y baja por su cuenta, la gente tiende a mejorar un poco después de su peor momento, y hay un deseo natural de decirle al médico que uno está mejor.
Para separar causas, hay que comparar el placebo con no hacer nada: un análisis de 37 ensayos con tres grupos encontró que, de la mejoría total con tratamiento real, cerca de una cuarta parte habría ocurrido sin intervención y aproximadamente una quinta parte se explica por el placebo.
El placebo es poderoso sobre la experiencia: el dolor, el malestar, la ansiedad, la sensación de bienestar.
Tiene muy poca efectividad sobre la enfermedad medida objetivamente: el tamaño de un tumor, la carga viral, la función de un órgano.
Cuando alguien dice «me curé», muchas veces lo que ocurrió es «me siento mucho mejor». Eso es valioso. Pero no es lo mismo. Y la diferencia importa mucho, como veremos pronto.
Las curaciones espontáneas existen (y por eso esto es tan complicado)
Sería deshonesto de mi parte decir que las remisiones inexplicables no ocurren. La literatura médica tiene miles de casos documentados. Las regresiones espontáneas del cáncer son raras, pero están documentadas desde hace mucho.
Se calcula que le pasa a una de cada 60.000 a 100.000 personas con cáncer.
Se ha descrito en prácticamente todos los tipos de cáncer, aunque con mayor frecuencia en neuroblastoma, carcinoma renal, melanoma y linfomas o leucemias.
Rankin cita incluso el caso de un paciente con mieloma múltiple cuyo tumor desapareció casi por completo en cuestión de días, coincidiendo con una experiencia mística durante una resonancia magnética. Nadie sabe explicarlo, y reconozco que decir que es solo casualidad parecería cinismo más que escepticismo.
Pero fíjate en la proporción. Rankin menciona los datos del Santuario de Lourdes: más de 7.500 curaciones reportadas desde 1858, de las cuales solo 70 han sido verificadas como inexplicables por médicos y por la Iglesia. Menos del 1%. En casi dos siglos.
Las curaciones extraordinarias existen. Lo que no existe es evidencia de que se puedan producir a voluntad, con un método, pagando un retiro, sin importar cuánto creas en ello.
Las matemáticas del testimonio
Hagamos un ejercicio mental simple, iniciando con la suposición de que un millón de personas han hecho las meditaciones de Dispenza.
No creo que ese número sea un disparate: sus libros son best sellers del New York Times, están traducidos a más de diez idiomas, y sus meditaciones en YouTube son de millones de visualizaciones.
Supongamos que el 25% de las personas que leyeron alguno de sus libros practican las meditaciones de Dispenza, y el 5% de ellos experimenta una mejoría notable, eso sería todavía 12,500 historias de éxito.
Eso es suficiente para llenar con comentarios todas las redes sociales, y tener decenas de personas llorando de emoción en un escenario por décadas.
Pero el mismo cálculo deja a 987.500 personas que hicieron todo «bien» y no sanaron. Esas personas no suben al escenario. No graban videos. No escriben en los comentarios. Y muchas cargan en silencio con una conclusión devastadora: no lo hice suficientemente bien.
Ahora lo más importante: ese 5% aparecería aunque las meditaciones no hicieran absolutamente nada sobre la enfermedad. Porque las enfermedades fluctúan. La esclerosis múltiple remitente-recurrente tiene, por definición, períodos de remisión.
Las enfermedades autoinmunes tienen brotes y calmas. El dolor lumbar, en muchos casos, mejora por su propia cuenta. Hay diagnósticos equivocados. Hay personas que hacen quimioterapia y meditación al mismo tiempo y atribuyen el resultado a la meditación. Y hay, como vimos, remisiones espontáneas reales que ocurren con o sin método.
Un testimonio no puede distinguir entre estas posibilidades. Mil testimonios tampoco. Por eso la medicina usa grupos de control: no porque desprecie las historias personales, sino porque las historias, por sí solas, no pueden decirnos qué causó qué.
Los recibos: lo que dicen los estudios
Una de las razones por las que Dispenza convence es que habla con lenguaje científico y cita estudios. Así que fui a revisar sus fuentes.
El patrón que encontré es consistente: un salto de lógica entre «mira los estudios científicos que muestran cambios en el cuerpo y la mente» a «tu cuerpo puede sanar cualquier cosa si tan solo haces mis meditaciones y crees en el proceso».
El "estudio de Nature"
En noviembre de 2025, el equipo de Dispenza difundió con enorme entusiasmo un estudio publicado en Communications Biology, una revista del grupo Nature. El comunicado de prensa habló de un «reinicio biológico» en solo siete días y afirmó que los resultados eran inequívocos.
Esto es lo que dice el estudio en sí:
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- Participaron 20 adultos sanos. Muestra mínima.
- No hubo grupo de control. Eso limita mucho lo que el estudio puede decirnos sobre qué causó los cambios observados.
- La dieta no se estandarizó, los horarios de extracción de sangre variaron hasta ocho horas entre participantes, y el ayuno previo solo se controló durante 30 minutos.
- El BDNF, la proteína asociada a la neuroplasticidad que destacó la publicidad, no cambió de forma significativa por sí misma; lo que subió fue un índice compuesto de proteínas relacionadas.
- Los marcadores inflamatorios también aumentaron. El comunicado lo menciona, pero lo presenta como señal de una «sanación sofisticada», algo que el estudio no demuestra.
- El comunicado presume más de 20.000 escáneres cerebrales y más de 10.000 mediciones de variabilidad cardíaca recogidos en sus retiros, pero en este estudio los datos de EEG y de variabilidad cardíaca se recogieron y no se analizaron por su mala calidad.
Nada de esto significa que el estudio sea inútil.
Muestra que siete días intensos de retiro producen cambios en el cerebro y en la sangre de personas sanas. Eso es plausible y hasta esperable: una semana muy distinta a tu rutina cambia tu fisiología, sobre todo en un retiro meditando.
Lo que no muestra es que alguien se haya curado de algo.
Su propia "data" de sanación
En su blog, Dispenza reportó los resultados de un año de «sanación por coherencia», una práctica en la que grupos envían intención sanadora a otras personas. Según ese reporte, bastaba con el nombre y una foto de la persona, y un 44% de quienes recibieron la sanación reportó una mejoría significativa o curación completa.
Nótese la palabra clave: reportó. Autoinforme, sin grupo de control, sin verificación médica. Esto no es ciencia, ni siquiera es data… y la razón por la cual la ciencia tiene un método, es porque hemos visto demasiadas veces lo problemático de creer en este tipo de «colección de anécdotas».
Las camareras de hotel y los ancianos que "rejuvenecieron"
Dispenza también cita el estudio de las camareras de hotel que, al ser informadas de que su trabajo era ejercicio, mostraron mejoras en indicadores físicos, y el de hombres mayores que vivieron una semana como si tuvieran 22 años menos y mostraron cambios fisiológicos. Ambos provienen del trabajo de la psicóloga Ellen Langer.
Son estudios pequeños, con cambios modestos, en personas sanas o envejeciendo normalmente. Son interesantes para pensar sobre la expectativa. No dicen nada sobre curar enfermedades.
Vale la pena mirar de cerca el de las camareras. Crum y Langer concluyeron que las que se enteraron de que su trabajo era ejercicio bajaron de peso, grasa corporal y presión arterial sin cambiar nada más, y que por lo tanto los beneficios del ejercicio dependen en parte, o del todo, del efecto placebo. Es una conclusión enorme para un estudio que no la sostiene:
- El sorteo no fue entre personas, sino entre siete hoteles (cuatro contra tres). En la práctica se comparan siete grupos, no 84 personas, y cualquier diferencia entre hoteles se mezcla con el supuesto efecto mental.
- Los grupos no empezaron iguales: las del grupo informado eran, en promedio, ocho años más jóvenes.
- Nadie midió lo que hacían. La alimentación y la actividad se evaluaron solo con cuestionarios, y los propios autores reconocen que las mujeres pudieron haber comido menos o trabajado con más energía sin reportarlo. Es la explicación más simple: si te dicen que tu trabajo es ejercicio y te entregan tablas de calorías, es muy probable que cambies algo.
- Los cambios fueron pequeños: menos de un kilo en cuatro semanas y medio punto de grasa corporal. La presión sistólica bajó unos 10 puntos, pero con muchísima variación entre personas y medida con un tensiómetro automático de uso doméstico.
- Duró cuatro semanas, sin seguimiento posterior.
Y hay algo todavía más importante: cuando otro equipo intentó repetir el estudio en 2011, con 53 trabajadores de limpieza de una universidad en Texas, no encontró el mismo resultado. A las 4 y a las 8 semanas, los dos grupos tenían resultados parecidos en peso, porcentaje de grasa y circunferencia de cintura. Solo la presión arterial bajó en el grupo informado. Los autores concluyeron que su estudio no respaldaba el supuesto efecto placebo del ejercicio.
Lo interesante del estudio es que un mensaje puede cambiar cómo una persona percibe su actividad y, quizás, cómo se comporta. Lo que no demuestra es que la mente, por sí sola, haya cambiado su cuerpo.
Mr. Wright y el Krebiozen
En El placebo eres tú, Dispenza cuenta la historia de Mr. Wright. Descrita por el Dr. Klopfer en 1957, se trata de un paciente con un linfosarcoma avanzado cuyos tumores habrían desaparecido tras recibir un fármaco experimental, el Krebiozen, para luego regresar cuando leyó que el medicamento no servía, muriendo poco después.
Sam Londe y el nocebo
Dispenza presenta el caso de Sam Londe, un hombre diagnosticado con cáncer de esófago terminal en los años setenta que murió dentro del plazo previsto, aunque la autopsia reveló que no tenía un cáncer mortal. Lo usa como prueba de que la creencia en la muerte inminente deterioró su cuerpo.
Otra vez: una anécdota, sin grupo de comparación.
La historia de origen: su columna
Todo empieza con su accidente. Según su propio relato, en 1986 lo atropelló un camión durante un triatlón, sufrió fracturas por compresión desde T8 hasta L1, rechazó la cirugía que le recomendaron cuatro cirujanos, y se recuperó visualizando su columna sana dos horas, dos veces al día, hasta volver a caminar a las once semanas. Rankin señala que nunca ha presentado evidencia médica de esto.
Aún aceptando su relato tal cual, la recuperación no requiere un milagro. Los huesos fracturados pueden soldarse solos, incluso en la columna.
En un ensayo clínico aleatorizado de 2003 con pacientes que tenían fracturas estallido toracolumbares sin daño neurológico, el tratamiento quirúrgico no ofreció ninguna ventaja importante a largo plazo frente al tratamiento sin cirugía. En uno de los casos publicados, un fragmento óseo que comprometía un 37% del canal medular se había reabsorbido en más de la mitad a los tres años, sin cirugía.
El cuerpo hace esto solo. No porque lo visualicemos, sino porque la biología… actúa con frecuencia de un modo que parece milagroso.
La cirugía falsa de rodilla
Este es uno de sus ejemplos favoritos, y el estudio es excelente. En 2002, Moseley y su equipo publicaron en el New England Journal of Medicine un ensayo con 180 pacientes con artrosis de rodilla. Un grupo recibió cirugía artroscópica real y otro solo incisiones en la piel con una cirugía simulada; ni los pacientes ni los evaluadores sabían quién había recibido qué. Los resultados de la cirugía real no fueron mejores que los del procedimiento falso.
Pero mira lo que el estudio realmente demuestra: que esa cirugía no funcionaba. No que la creencia regenerara el cartílago. De hecho, al año y a los dos años, el dolor promedio en los tres grupos seguía alrededor de 50 en una escala de 0 a 100. Nadie se curó. Todos seguían con dolor considerable. Es un estudio sobre los límites de la cirugía, no sobre los superpoderes de la mente.
Lo que no sabemos (nos dice mucho!)
Hasta la fecha, no existe ningún estudio que compare el método de Dispenza con un grupo de control en personas enfermas.
O sea: el método científico nunca ha estudiado directamente lo que él clama.
Este tipo de estudio sería posible, y no estoy hablando de algo sin precedente. Se han hecho estudios controlados donde pacientes con cáncer reciben su tratamiento convencional más una intervención mente-cuerpo, y se mide si eso cambia la evolución de la enfermedad.
Ese diseño existe, es ético, y respondería directamente la pregunta.
Dispenza tiene alianzas con universidades, datos de decenas de miles de personas en sus retiros y su propia empresa de investigación. Nada le impide hacer ese ensayo, excepto decidirlo. Y cuando alguien lleva más de tres décadas diciendo que su método cura enfermedades graves, esa decisión dice algo.
El costo: el 95% que nadie ve
La culpa. Si «tus pensamientos crean tu realidad», entonces tu enfermedad es, de alguna forma, obra tuya. Y si no sanas, el fracaso también es tuyo.
Dispenza lo dice en su propio libro: reconoce que el placebo no funciona para todos, y lo explica diciendo que quienes no mejoran no logran pensar más allá de lo que sienten y siguen atrapados en el mismo estado mental y corporal del pasado.
Es decir: si funciona, el método funciona. Si no funciona, fallaste tú. Es un sistema que no se puede refutar, y eso no es una fortaleza. Es una señal de alarma.
Louise Hay llevó esta lógica a un extremo doloroso. En su lista de causas emocionales de las enfermedades, atribuyó el sida a sentirse indefenso, a no sentirse suficiente o a la culpa sexual. Como señala Rankin, es difícil no leer eso como culpar a las personas de su propia enfermedad.
Y esto no es solo teórico.
Un estudio de la Universidad de Yale publicado en 2018 comparó a pacientes con cáncer curable que eligieron solo medicina alternativa con pacientes que recibieron tratamiento convencional. Quienes eligieron solo medicina alternativa tuvieron:
- 2,5 veces más riesgo de morir en general.
- 5,68 veces más riesgo de morir en cáncer de mama.
- 4,57 veces más en cáncer colorrectal.
- 2,17 veces más en cáncer de pulmón.
En cáncer de mama, la supervivencia a cinco años fue de 58%, frente a casi 87% con tratamiento convencional.
Detrás de esas cifras hay personas. En los comentarios de la publicación de Rankin, aparecían varias historias parecidas. Una mujer contó que gastó decenas de miles de dólares en estos programas, que se quedó sin los ahorros de su jubilación, y que las lesiones en su columna siguen ahí.
Cuando no funcionó, le dijeron que no lo había hecho bien, o que no había creído lo suficiente. Eso es exactamente el mecanismo que más me preocupa: un sistema donde el fracaso siempre recae sobre quien no sanó, nunca sobre el método.
Hay algo que me parece todavía más preocupante. Rankin cuenta que la excusa más común entre quienes no mostraban sus historias clínicas era simple: no habían vuelto al médico para no meter pensamientos negativos en su cabeza.
Un sistema que no te permite ni siqueira un diagnóstico porque metería ideas en tu cabeza de dudas, es un sistema que no permite ningún otro tipo de tratamiento.
Eso es peligroso, sobre todo tomando en cuenta todas las estadísticas que hemos visto en este artículo hasta ahora.
Sanar no es lo mismo que curarse
Hay una idea de Rankin que me parece preciosa. Cuenta que su padre, muriendo de cáncer, sintió que Dios le decía que estaba sanado. La siguiente resonancia mostró que el tumor había crecido y había metástasis en todo el cuerpo. Murió pocas semanas después, pero en paz, aceptando su destino. Ella lo interpreta así: estaba sanado, aunque no curado.
Esa distinción lo cambia todo. Curarse es que la enfermedad desaparezca. Sanar, en esta forma de entenderlo, es recuperar la paz, el sentido, la relación con uno mismo y con los demás.
La meditación, la práctica, la comunidad, pueden ayudarte enormemente a sanar. Y eso tiene valor por sí mismo, no necesita un tumor que desaparezca para justificarse.
Si vendemos el tipo de meditación que sugiere el Dr. Dispenza como cura, podríamos condenar a mucha gente a un futuro con menos salud, o incluso menos vida. Si la ofrecemos como camino de sanación, puede servirle a casi todos.
A mis colegas del yoga
Esto es personal, y como formador de profesores, siento una responsabilidad grande al respecto.
Los profesores de yoga somos uno de los principales canales por donde circulan estas ideas. Frases como «la cadera guarda tus emociones», «tu cuerpo se enferma por lo que no expresas» o «puedes sanar cualquier cosa con tu mente» se repiten en clases todos los días.
Lo que le decimos a un alumno con cáncer, con esclerosis múltiple o con dolor crónico tiene peso. Nos escuchan. Confían en nosotros.
Propongo algunos principios:
- No prometas curas. Puedes ofrecer herramientas para vivir mejor con una enfermedad sin sugerir que la práctica la hará desaparecer.
- Distingue síntomas de enfermedad. Que alguien se sienta mejor es real y valioso. No es lo mismo que haberse curado.
- Nunca interpretes la «causa emocional» de la enfermedad de otra persona. No sabes por qué alguien enfermó. No puedes saberlo con certeza, y tratar de adivinar no solo no es tu trabajo, podría ser nocivo.
- La práctica acompaña al tratamiento, no lo reemplaza. Si un alumno te dice que dejó su tratamiento médico para «sanar con la mente», eso merece una conversación honesta, no un aplauso.
- Desconfía de los testimonios, incluidos los que te emocionan. Especialmente los que te emocionan.
Para quienes escribieron en los comentarios
Si tú eres una de esas personas que siente que las meditaciones de Dispenza le cambiaron la vida, no te estoy diciendo que mientes ni que lo que viviste no fue real. Probablemente algo muy real ocurrió: desde curas verdaderas, a menos miedo, más calma, menos dolor, más esperanza, una comunidad. Eso vale muchísimo.
Solo te pido que consideres a las personas que hicieron lo mismo que tú, con la misma fe, y no sanaron. Que no escriben en los comentarios. Que tal vez hoy se preguntan qué hicieron mal.
A ellas quiero decirles: no hiciste nada mal. No curarte no es un fracaso moral. No es falta de fe, de amor propio ni de «vibración». Es biología, azar y los límites de lo que sabemos.
Mereces paz exista o no un milagro. Y mereces que nadie, ningún gurú, ningún profesor, ningún libro, te haga cargar con la culpa de tu propia enfermedad.
Sigo queriendo creer. Pero quiero creer con los ojos abiertos.
Mijael Brandwajn
Referencias
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- Ehrenreich, B. (2009). Bright-Sided: How the Relentless Promotion of Positive Thinking Has Undermined America. Metropolitan Books. En español: Sonríe o muere: la trampa del pensamiento positivo.
- Dispenza, J. (2014). You Are the Placebo: Making Your Mind Matter (El placebo eres tú). Hay House. ISBN 978-1-4019-4458-2.
- Goodreads. Breaking the Habit of Being Yourself: ediciones y traducciones (consultado en septiembre de 2026). https://www.goodreads.com/work/editions/18108532-breaking-the-habit-of-being-yourself-how-to-lose-your-mind-and-create-a

Gracias, Mijael, por poner en orden lo que muchos hemos pensado o intuido, pero no nos hemos tomado el trabajo de investigar con tanta profundidad. Y, sobre todo, por lograr comunicarlo de una manera tan clara y fácil de digerir.
En tiempos de contenidos predigeridos y posiciones extremas, tomarse el tiempo para analizar, cuestionar desde la curiosidad y no desde el juicio, y ejercitar el pensamiento crítico es más necesario que nunca.
Gracias Iviett por tu mensaje. Toma mucha dedicación hacer este tipo de contenido y me encanta saber que es apreciado.
Abrazo!
Muchas gracias Mijael … como dicen “se tenía que decir” … que valor !!
Tratar de entender la enfermedad es nuestro derecho pero no a costa de charlatanes sin escrúpulos
Gracias Elsa. No estoy seguro de que calificaría como «charlatán sin escrúpulos». Algo me dice que Dispenza cree fervientemente en su tesis, y que sus intenciones son sanar al mundo, y que la retroalimentación que recibe solo sirve para alentarlo en su trabajo.
Gracias , me hizo ver las cosas diferentes y entender que curar no es igual a sanar. me quedo con tu cierre, Sigo queriendo creer. Pero quiero creer con los ojos abiertos.
Besos y abrazos
Adalgisa B.
Gracias Ada. Creo que la mayoría de la gente quiere creer con los ojos abiertos. El problema es que a veces duele abrirlos tanto 😊
Me gustó mucho la lectura, me parece honesta, una forma de expresión con los ojos abiertos, a tener criterio, a hacernos preguntas, a no caer en fanatismo porque justo allí es donde nos perdemos… al final del camino se trata de la propia experiencia.
Gracias Ana. De acuerdo con lo que dices de fanatismo. Es difícil a veces, sobre todo cuando nuestras creencias son fuertes. Abrazo!