Hace unos meses me encontré en una situación curiosa: yo, acostado en una camilla, en el centro de un cuarto lleno de estudiantes que observaban atentamente cómo una mujer, experta en el arte de meter sus manos en los rincones menos imaginables de la fascia, manipulaba mi cuerpo.
No era un masaje relajante de spa (no había música de ballenas ni olor a lavanda), sino algo mucho más técnico, a veces más intenso y, para ser honesto, bastante raro de explicar a un amigo en una cena.
Lo que estaba experimentando se llama Rolfing, aunque a veces lo llaman también “Structural Integration” (ese último término abarca técnicas similares, Rolfing termina siendo algo parecido a una “marca” de Structural Integration).
Se trata de una técnica profunda y precisa que busca reorganizar la postura y el movimiento del cuerpo a través de la fascia… básicamente el papel celofán que envuelve todo tu cuerpo. Solo que no brilla ni sirve para envolver regalos.
La escena ocurría nada más y nada menos que en el Rolf Institute (hoy oficialmente “Dr. Ida Rolf Institute”), el epicentro mundial de esta disciplina.
Estar ahí fue como ir a Roma a estudiar latín: el lugar donde todo comenzó, con la seriedad de un laboratorio… con la increíble suerte de que me queda muy cerca, pero con la incomodidad de que yo era el “conejillo de indias” en el centro de la sala (porque aparentemente me encanta ser el centro de atención).
Acá te compartiré incluso las fotos para que puedas ver el antes y el después.
¿Cómo funciona el Rolfing?
El Rolfing, o Structural Integration en su nombre original, busca utilizar maniobras manuales profundas para “reorganizar” la fascia —ese tejido conectivo que envuelve y une músculos, huesos y órganos— con el fin de realinear todo el cuerpo respecto a la gravedad.
La idea es que, si alargas y liberas la fascia, el cuerpo se mueve mejor, respira con más facilidad, alivia el dolor, mejora la postura y requiere menos energía para mantenerse en pie.
El método se suele aplicar en lo que llaman la “receta” de diez sesiones. Yo pasé por eso cuando tenía unos 21 años, y luego a los 46 nuevamente. Incluye esto:
• Sesiones 1 a 3 (“sleeve sessions”): trabajan capas superficiales de fascia para equilibrar tensiones.
• Sesiones 4 a 7 (“core sessions”): enfocadas desde la pelvis hasta la cabeza.
• Sesiones 8 a 10 (“integration sessions”): integran el trabajo anterior para mejorar el movimiento global del cuerpo.
Un poco de historia condensada
Fue creado por la bioquímica Ida Rolf (1896–1979) en la década de 1940 (abajo está su foto). Combinó ideas de osteopatía, yoga, semántica general y técnicas posturales.
En 1971 fundó el Rolf Institute of Structural Integration en Boulder, Colorado. Más tarde, surgieron otras organizaciones como la Guild for Structural Integration (1990) y la International Association of Structural Integrators (IASI) en 2002.
Sin ciencia… pero con resultados:
La comunidad científica suele clasificar el Rolfing como una pseudociencia o charlatanería, por basarse en conceptos como campos energéticos sin respaldo científico y afirmar realineaciones que chocan con el entendimiento anatómico convencional.
Quizás por eso el gobierno australiano concluyó que falta evidencia clara de eficacia, y el método fue excluido del subsidio de seguros desde 2017.
Si me conoces, sabes que me gusta la ciencia… y honestamente, incluso si no entendemos bien los mecanismos, o los beneficios concretos que obtenemos de los cambios que se producen. Lo que sí es indiscutible, al menos para mí, es el cambio visible en la forma de mi cuerpo y las sensaciones que eso produjo.
Si funciona para resolver dolores o problemas biomecánicos, es un debate que no pretendo resolver acá, mi intención es compartir desde mi experiencia, y tomando en cuenta que cada sesión de Rolfing no suele bajar de los $150 dólares (a menos que, como yo, decidas pagar con dignidad siendo el conejillo de indias de turno). Esto es para quienes tienen un interés grande en cambiar la forma de su cuerpo de un modo bastante efectivo y eficiente.
Mi propio experimento: 20 años entre dos camillas
La primera vez que me sometí a las famosas diez sesiones de Rolfing fue hace unos veinticinco años, cuando vivía en Miami (y también fue en una escuela, aunque esa vez bajo las manos de una estudiante). Yo tenía otra postura, otro cuerpo, otra energía… y, seamos honestos, otro «look”:
No tengo mejores fotos, pero como puedes ver, mi pecho y mi espalda tienen más espacio en la foto de después (after). Si ves con atención, quizás te estés diciendo “claro, pero en la foto de abajo parece que está sacando el pecho”.
No es así. Sí, me estoy parando distinto. Pero no para demostrar nada -las fotos eran para mí, y no tenía interés alguno en demostrar algo que no era.
Mi columna está más centrada, incluyendo a mi cuello. Mi cuerpo entero se sentía más ligero, con más espacio para respirar, me paraba con más altura… hay sensaciones que son difíciles de explicar, pero para alguien que trabaja con el cuerpo como yo, las diferencias eran muy marcadas, y definitivamente positivas.
Ahora avancemos en el tiempo. Más de dos décadas después, volví a la camilla, esta vez en el mismísimo Instituto Rolf, esta vez bajo las manos expertas de Stephanie Brossard, quien trabaja con intuición, experticia, y mucho menos presión de la que uno se imaginaría necesitas para generar este tipo de cambios en el cuerpo:
Como puedes ver, nuevamente hay un cambio: estoy más centrado (y según mi esposa, en mejores condiciones 😊).
Según Stephanie Brossard, la «rolfista» que trabajó con mi cuerpo, al ver las fotos me dice que lo que más pudo notar es cómo me veía más organizado alrededor de la línea de gravedad —la famosa «línea plomada» en vertical.
Esto, según ella, es particularmente visible en las fotos de perfil, pero también se aprecia de frente y de espaldas. Observa además que mis piernas parecen situarse más debajo de la pelvis, como si ofrecieran un soporte más estable, y que en general se percibe una sensación de mayor facilidad para mantener la postura erguida (eso corresponde con lo que sentía luego de las sesiones!).
Un detalle específico que destaca es el área del hueco esternal, justo donde se encuentran las clavículas: en las fotos finales se ve más suave, menos tensa, como si todo ese espacio estuviera más en reposo. Para ella, esto es señal de que el cuerpo ya no necesita tanto esfuerzo para sostenerse.
Stephanie insiste en que estos cambios no se deben únicamente a las maniobras manuales que aplicó, sino también a mi colaboración: seguir la respiración, prestar atención a las sensaciones, realizar los movimientos propuestos durante la sesión, hacer “tareas” en casa y explorar nuevas formas de moverse.
“El Rolfing no es una terapia pasiva”, recalca. Es un proceso de co-creación donde la conciencia corporal es tan importante como las manos del terapeuta.
Rolfing de antes vs. Rolfing de ahora
Aunque ya había pasado por esto, volví a sorprenderme. Aunque el cambio físico es sutil, realmente sí hay una sensación de mayor eficiencia, elegancia… nuevamente, difícil de describir, pero tangible. Y lo mejor de todo: sin dolor.
Porque el Rolfing de hace 25 años solía ser un tanto más brutal. No te miento cuando te digo que lloré en una de las sesiones, y no porque tenían baladas en los parlantes, sentía por momentos que la intención no era darle otra forma a mi cuerpo, sino cambiarle de piel.
Hoy en día los “Rolferos” se han dado cuenta que no es necesario poner tanta presión o fuerza para lograr cambios importantes, y soy testamento de ello.
Si todo esto te pareció interesante, quizás quieras escuchar el podcast que acompaña este artículo, con Juan David Vélez, quien era el profesor que dirigía la clase en la que fui modelo (o quizás te toca ahora buscar “Rolfing en mi ciudad”, o algo parecido 😊).
Espero esto haya sido interesante o útil, y si fue así, por favor házmelo saber.
Con cariño,
Mijael

