En el 2019, el New York Times publicó una historia con un video en el que Jhony Kest, un conocido profesor de Yoga con más de 20 años de experiencia, se arrodillaba frente a una alumna de este modo (no puedo poner el video por asuntos de derechos de autor).

En el video del taller, la asistencia fue seguida de una conversación en la que los «vientos de cambio» en el mundo del Yoga quedaron a plena luz: varias mujeres tratando de educar a Kest sobre la importancia del consentimiento.

Que conste, entiendo bien a Kest. Yo también crecí en un mundo del Yoga muy distinto, en el que este tipo de ajustes no solo eran normales, eran esperados, y parte de lo que hacía destacar a un profesor.

La idea de consentimiento, en ese entonces, era vaga. En el video, Kest explica que preguntar en voz alta, frente a toda la clase, «¿te puedo tocar?», no funcionaría, porque poca gente quiere admitir en público que se siente incómoda con el tacto.

Y en eso coincido con él. Ese tipo de pregunta abierta es justamente lo que uno de mis profesores más influyentes, Gary Kraftsow, nos recomendaba hacer, y la mayoría de las personas sí se sentirían incómodas aceptando frente al grupo que no quieren un ajuste.

Donde me separo de Kest es en la conclusión a la que llega.

Para él, el beneficio de los ajustes, y una cultura en la que el tacto se normaliza, es justificación suficiente para no pedir permiso y simplemente asumir que quien no quiere ser tocado dirá algo.

Si eso suena difícil de entender hoy, vale la pena recordar que apenas unos 15 años antes, BKS Iyengar, uno de los profesores de Yoga de la India más venerados en Occidente, demostraba su propia forma de «asistir» para sus alumnos occidentales:

Por eso, hoy existen estrategias más respetuosas y efectivas, como las tarjetas de consentimiento, que la persona coloca en una esquina de su mat para indicarle al profesor su preferencia, sin tener que declararla en público. Acá te regalo unas tarjetas de consentimiento listas para imprimir, si deseas usarla en tu enseñanza.

Pero incluso ahí hay un problema: cuando la tarjeta solo pregunta si prefieres o no ser ajustado, no queda claro qué tipo de ajuste estás aceptando.

He aprendido a dar ajustes (el momento en que el profesor toca al alumno para ayudarlo en una postura) de varios profesores de reconocimiento internacional, y esos ajustes han abarcado un rango enorme: desde un tacto increíblemente sutil y respetuoso, hasta un tacto que la mayoría consideraría incómodo.

Ese rango es justamente el problema. Tomando en cuenta las historias de abuso sexual, dentro y fuera del mundo del Yoga, cada vez es más urgente que los profesores de Yoga aprendamos a nombrar esas diferencias con claridad, en lugar de hablar de «tacto» como si fuera una sola cosa.

No todo el tacto es igual

El tipo de tacto que se ve a Kest dando en el video del NYT podría incomodar incluso a quienes dicen «estoy de acuerdo con que me ajusten», y es un buen punto de partida para trazar esa distinción.

Como dice el refrán: «entre gustos y colores», pero creo que ya es momento de separar dos cosas muy distintas: el tacto que ayuda a una persona a encontrar un lugar más cómodo o seguro en la postura, sin invadir su espacio personal, y el tacto invasivo que ha incomodado a mucha gente durante mucho tiempo, y que recién ahora la cultura les permite nombrar en voz alta.

También hay que reconocer que existen diferencias culturales, no solo individuales, y que estas influyen en cómo cada persona percibe el tacto. Aun así, vale la pena mencionar lo importante que es el tacto para el ser humano. Llevar el espacio personal a un extremo en el que no se puede aceptar ningún tipo de contacto tampoco sería del todo positivo, sin importar nuestras preferencias culturales o individuales.

Me gustaría vivir en un mundo en el que entendemos mejor la diferencia entre el tacto que puede percibirse como sensual y el tacto profesional, sutil, capaz de ofrecer algo más que simple alineamiento: la posibilidad de conectar a los seres humanos de un modo natural y respetuoso.

¿Y tú, qué opinas?